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La importancia del individualismo por Gorka Echevarría Zubeldia


Fecha: 12/05/04


EL MANANTIAL, DE AYN RAND La importancia del individualismo Por Gorka Echevarría Zubeldia

Hay novelas que cuentan historias y otras que representan el mundo ideal en que el autor quisiera vivir. Y luego están aquéllas que no sólo buscan entretener al lector, sino mostrarle las vilezas y grandezas del alma humana. El manantial, de la centenaria Ayn Rand, se encuentra entre estas últimas. No es de extrañar que, por este motivo, un afamado escritor como George Gilder considerara que Rand estaba a la altura de Dostoievksy.

Leonard Peikoff escribe en el epílogo que el tema de esta obra era, inicialmente, la "vida de los parásitos". Sin embargo, como el protagonista es un joven arquitecto dotado de una autoestima y creatividad asombrosas, El manantial es, más bien, una celebración del "hombre que utiliza su propia mente sin intermediarios y se convierte así en el manantial de la realización".

El protagonista, Howard Roark, es un arquitecto que, tras ser expulsado de la carrera por no amoldarse a los cánones clásicos, decide trabajar con el único arquitecto que no construía palacetes a lo Andrea Paladio, sino edificios "como un hombre honesto, de una sola pieza y de una sola fe"". Su compañero de carrera, Peter Keating, con tal de ser alabado da a las masas lo que éstas buscan, aun sabiendo que no es más que un parásito cuya vida carece de sentido. Al contrario que Keating, Roark prefiere trabajar en una cantera antes que aceptar que sus proyectos acaben convertidos en meras réplicas de edificios barrocos.

En esta lucha por los fines que se ha fijado, Roark se manifiesta como un hombre único, incapaz de derrumbarse por no conseguir el éxito profesional. Con el tiempo comienza a encontrar gente que ama sus edificios, pero la senda que ha tomado le crea muchos enemigos: desde la mujer que ama, Dominique Francon, hasta el pensador socialista Elworth Toohey, pasando por el dueño del periódico New York Banner, Gail Wynand. Roark soporta las campañas de difamación emprendidas por Toohey con la connivencia de Gail Wynand. Curiosamente, el genial arquitecto consigue que Wynand deje de ser un nietzscheano que defiende que en el mundo sólo cabe ser amo o esclavo.

El clímax de la obra llega cuando Roark destruye uno de los edificios que había proyectado, ya que su diseño había sido totalmente modificado por los constructores. El protagonista ofrece un alegato ante el tribunal que juzga su caso basado en su filosofía de vida. Merece la pena que extraigamos el siguiente pasaje:

"El creador vive para su trabajo. No necesita de otros hombres. Su fin esencial está en sí mismo. El parásito vive de otros. Necesita de los demás. Los demás se convierten en su motivo principal. La necesidad básica del creador es la independencia. La mente que razona no puede trabajar bajo ninguna forma de coacción (...). La necesidad básica del parásito es asegurar sus vínculos con los hombres para que lo alimenten. Coloca las relaciones en primer lugar. Declara que el hombre existe para que lo alimenten. Predica el altruismo, la doctrina que exige que el hombre viva para los demás y coloque a los otros sobre sí mismo (...) El verdadero egoísta no es quien sacrifica a los demás. Es el que no tiene necesidad de usar a los demás de ninguna forma".

Es tal la pasión y la lógica aplastante de la que hace gala en este discurso que no es de extrañar que Álvaro Vargas Llosa haya señalado que el alegato de Roark –"ante el tribunal de justicia con el que Rand simbolizó el espíritu colectivista de nuestro tiempo"– ha redescubierto a más de tres generaciones de americanos "la idea de los Estados Unidos".

El mayor éxito de El manantial llegó cuando King Vidor llevó a la gran pantalla esta historia, con Gary Cooper en el papel de Howard Roark. Desde entonces no se puede pensar en Roark sin acordarse de ese gran actor.

En 1968 Rand publica un prólogo a esta obra en el que asegura que no le importa "que sólo unos pocos en cada generación comprendan y logren la realidad completa de la adecuada estatura humana y que el resto la traicione". "Son esos pocos –añade– los que mueven al mundo y le dan su sentido a la vida, y son esos pocos a quienes siempre aspiré a dirigirme. El resto no me interesa; no es a mí o a El manantial a quien traicionarán, sino a sus propias almas".

Todos los que creen que el sometimiento del hombre por el hombre no es legítimo, a pesar del bien que se persiga, pueden encontrar en esta obra maestra multitud de argumentos para reafirmarse en su posición. Estamos ante una obra épica y, sin duda, ante una de las escasas novelas liberales existentes que ensalzan el espíritu empresarial e individual.