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Entrevista a Carlos Sabino


Fecha: 22/08/07


Carlos Sabino es sociólogo (UBA) y Doctor en Ciencias Sociales (Universidad Central de Venezuela).
Ha sido profesor visitante en el Center for Study of Public Choice de la George Mason University en Estados Unidos.
Actualmente es Profesor en la Universidad Francisco Marroquín, en Guatemala y es miembro del Center of Global Prosperity. Es autor de varios libros, entre ellos "El fracaso del intervencionismo: Apertura y libre mercado en América Latina".
Nació en Buenos Aires, en el barrio de Flores, en julio de 1944.

¿Cómo surgió la idea de escribir el libro “Todos nos equivocamos”?
Fue hace muchos años, en 1983 exactamente, cuando estaba en España, en un año sabático que me concedió la Universidad Central de Venezuela. En octubre Alfonsín ganó las elecciones y, claro, me volvieron a la mente muchos recuerdos de los tiempos en que había vivido en la Argentina. Sentía el mismo optimismo que se vivía en el país en esos momentos y pensé que se cerraba por fin un ciclo terrible de violencia, que se abría un nuevo horizonte para los argentinos. Terminaba –tal vez- una época de largos enfrentamientos políticos y armados, donde había predominado la más áspera intolerancia y el deseo de aniquilar al adversario, donde cada bando se proclamaba portador de la verdad más absoluta.

Entonces quedó claro para mí que todos nos habíamos equivocado, que no era de ese modo como podría hacerse algo constructivo por el país. Quería aportar mi experiencia a esa nueva Argentina, más democrática y libre, que parecía estar emergiendo, y se me ocurrió la idea de aportar también mi testimonio, la forma en que había asumido y descartado, sucesivamente, diversas alternativas de pensamiento político y filosófico, la forma en que había militado y luchado por ideas que, en muchas ocasiones, luego encontré profundamente equivocadas.

Pero, claro, no me dediqué a esa tarea de inmediato sino que dejé pasar el tiempo, hasta que, lentamente, le fui dando forma a la idea del libro que finalmente escribí: algo que no fuera una biografía en un sentido estricto, sino que más bien se concentrase en los problemas ideológicos y políticos, pero no por eso un estudio sociológico ni una historia con pretensiones de objetividad. Porque quería, ante todo, exponer mi vivencia subjetiva, mi evolución personal y las razones que me hicieron cambiar hacia distintas posiciones.

Fue mucho después, hacia el año 2000, que pude emprender ese difícil y complejo trabajo, que implica bucear en las profundidades de los recuerdos, examinarse a uno mismo y a su época en una introspección que resultaba a veces dolorosa. Por eso Todos nos Equivocamos es el libro que más me ha costado escribir, porque para hacerlo tuve que enfrentarme al pasado, a los errores cometidos, a los recuerdos a veces gratos pero en ocasiones, sin duda, también perturbadores o dolorosos.

¿Qué balance podría hacer de la etapa política en la cual le tocó participar en la Argentina?
Fueron tiempos de incomprensión, de dureza en las posiciones políticas, donde cada bando pensaba que la solución era eliminar directamente al adversario, que se convertía así en el enemigo a combatir por cualquier medio posible. No había la madurez política para intentar fórmulas de compromiso y -hay que reconocerlo- la izquierda revolucionaria, dentro y fuera del peronismo, se creía la abanderada de una revolución que todo lo justificaba, en nombre de la cual se podía cometer cualquier clase de abusos y de actos brutales. Al comienzo la represión contra la izquierda no era tan dura como se la suele presentar ahora, no en los años sesenta seguramente, aunque el crecimiento de las organizaciones armadas disparó un ciclo de violencia que, al final, las destruyó, e hizo que sus enemigos apelaran también a los actos más terribles.

Pienso que la Argentina no ha sacado las lecciones que surgen de aquel período trágico. Si bien hoy se recusa la violencia, y eso es un avance que no se puede discutir, continúa en el país un ambiente de retaliación, de venganza, que en nada puede contribuir a cerrar las ideas del pasado. Se construye el mito del guerrillero bueno, idealista, y del represor brutal y despiadado. Pero yo me pregunto ¿eran más idealistas las balas y las bombas de la guerrilla que los calabozos y los instrumentos de tortura de sus oponentes? Para mí la paz, una paz verdadera, tiene que basarse ante todo en la verdad, no en los mitos justificatorios construido por uno de los bandos, y debiera también aceptar que no se puede perseguir a unos sí a otros no; que muchas veces es preferible olvidar y no remover hasta el fondo los sucesos del pasado si se quiere avanzar hasta el futuro, o al menos que hay que hacerlo con cierto distanciamiento, no guiados por el rencor o el deseo de venganza.

¿Por qué lo marcó tanto su experiencia en el Chile de Salvador Allende?
En el fondo porque, como tantos otros, me ilusioné: pensé que se podría construir el socialismo en un clima abierto y democrático y comprobé, al poco tiempo, que no era así, que el socialismo implicaba una forma esencial de violencia, porque se basaba en la expropiación, en la imposición de una dirección centralizada para toda la sociedad que anulaba la iniciativa de los individuos e irrespetaba sus libertades. Pero lo primero, antes de sacar esta conclusión, fue que percibí la miseria económica a la que llevaba la economía estatizada, la tuve que vivir en carne propia. Una buena receta que debería seguir algunos que hablan, sin haberlo vivido, de las tarjetas de racionamiento y las privaciones de los cubanos, por ejemplo, y las justifican en nombre de la revolución. En Chile noté cómo la vida se iba empobreciendo, cómo el sistema político se iba haciendo cada vez más opresivo y, por eso, me decidí a partir.

¿Por qué motivo piensa que otras personas, como muchos dirigentes políticos argentinos que hoy participan en la vida pública, no reconocen que en los setenta se equivocaron?
Bueno, aceptar el error propio siempre es difícil, porque de algún modo puede afectar la autoestima, hacer sentirse débil a quien examina su pasado. Y esto es más duro aún para quien está en la política: por el hecho mismo de buscar el poder la gente, los políticos, tratan de construir a su alrededor un aura de infalibilidad, y se convencen de que están siempre en lo cierto. Lo malo es que, entonces, algunos líderes se aferran así a ideas completamente superadas, a actitudes y propuestas que se han demostrado como erróneas, y arrastran de ese modo a muchos seguidores que no están en condiciones de descubrir esas equivocaciones, o que lo pueden hacer, como yo mismo, sólo después de un largo proceso de análisis y de reflexión.

¿Qué es lo que más le preocupa de la política argentina de hoy?
Me preocupan muchas cosas, claro. Una de ellas es esa obsesión por volver sobre el pasado, abrir viejas heridas en un proceso que puede tener consecuencias más negativas de lo que se piensa, como decía hace un momento. Pero lo que más me desagrada es el personalismo, esa manera de seguir al líder, esa prepotencia que se observa siempre en los que llegan a tener el poder: se creen como dioses que pueden decidir el destino de los demás, como si tuvieran algún derecho que los demás no poseen. La Argentina es tierra de caudillos, lo ha sido casi desde la independencia, y me duele que no pueda librarse de ese mal. Las leyes son complicadas y absurdas, hay demasiadas, y cuando se las examina bien se encuentra que sólo se han promulgado para favorecer a ciertos intereses particulares o para ensanchar el poder del estado por sobre los individuos. Me preocupa, además, la falta de alternativas claras en lo ideológico y el modo en que nadie, o casi nadie, se opone al estado todopoderoso que nos ha estado estrangulando desde hace casi un siglo.

¿Por qué piensa que un militar golpista como Hugo Chávez logró llegar al poder en Venezuela, consolidarse, influir regionalmente y convertirse en un nuevo referente de la izquierda latinoamericana?
Son varias las razones, por cierto, pero la principal es la inmadurez que mostró en un momento el electorado venezolano. La gente, harta de la corrupción, hizo ganar a Chávez en las elecciones de 1998 y dejó que luego, en 1999, el teniente coronel se hiciese con un poder prácticamente absoluto gracias a la nueva constitución que promulgó y que el electorado aceptó con bastante pasividad. Hubo siempre oposición, claro está, pero al principio fuimos pocos los que comprendimos las tendencias totalitarias que tenía el nuevo caudillo. Después del fracaso de 2002 Chávez avanzó despiadadamente para consolidarse en el poder y lo hizo con una mezcla de astucia y autoritarismo que desarmó a una oposición que siempre confió en que se respetarían las reglas del juego. Chávez, sin embargo, las fue cambiando poco a poco. Un punto importante fue que, ante una oposición que no tenía más recursos que los electorales, Chávez logró dominar el Consejo Supremo Electoral.

Otros puntos también deben destacarse: buena parte de la oposición tiene ideas socialistas moderadas y, por eso, no tiene argumentos sólidos para oponerse a un populista como Chávez, que reparte gran cantidad de dádivas desde el poder. Claro está, lo hace porque tiene dinero, mucho dinero, gracias a que controla la industria petrolera estatal y los precios del petróleo están altos, al menos desde hace cuatro o cinco años. Con ese dinero Chávez compra voluntades, en Venezuela y en el extranjero, porque la gente está ansiosa de que les resuelva sus problemas y lo acoge como a una especie de hombre providencial, de salvador. Todo ese mito que se ha creado alrededor de su figura, sin embargo, no ha cambiado el rechazo que millones de venezolanos tienen hacia él y sus políticas. Pero poco, muy poco, pueden hacer: no hay forma pacífica de luchar contra quien controla y dispone de todos los mecanismos electorales y además tiene el control absoluto del poder judicial y del congreso, que le son fieles y actúan con no poco servilismo ante su figura. Tampoco hay forma posible de hacer oposición violenta, realmente, porque el régimen es militarista y tiene las fuerzas armadas bajo su absoluto control. Por eso miles de venezolanos se están yendo del país, porque temen a la persecución y porque saben que sus propiedades y su futuro están amenazados.

Ojalá que en el resto de América se entienda que Venezuela no ha progresado en estos años, que vive una enmascarada dictadura y que le aguarda una violenta crisis económica, y seguramente política, cuando comiencen a descender, o simplemente se estanquen, los volátiles precios del petróleo.

¿Cómo evalúa que desde que publicó su libro “El fracaso del intervencionismo: Apertura y libre mercado en América Latina”, se produjeron luego importantes retrocesos para las ideas liberales en la región?
Ha habido ciertamente un retroceso, e importante sin duda. Ya en ese libro me empeñé en destacar que las reformas que se habían hecho en los ochenta y los noventa no eran verdaderamente estructurales y que, ante todo, se habían realizado como paliativos ante la situación de crisis que se vivió a partir de 1982. De allí en adelante lo que se hizo fue muy poco y, al contrario, comenzaron a emerger líderes populistas que ahora están en control de varios países. Creo que, sin embargo, sus políticas no conducirán a ninguna parte y que por desgracia llegará una crisis seria a todos estos países donde se ensayan de vuelta las políticas intervencionistas que fracasaron ya tan claramente en el pasado.

¿En qué considera que se han equivocado más los liberales en América Latina?
En varias, cosas, aunque no tanto como algunos creen. Yo pienso que los liberales nos concentramos en las reformas económicas pero que descuidamos el verdadero estado de la opinión pública de nuestros países, que era y es, en casi todas partes, mayoritariamente de izquierda. Creímos, no sin cierta ingenuidad, que el progreso económico llevaría a nuevas convicciones políticas y que el socialismo, al menos en sus formas más duras, estaba completamente liquidado luego de la caída del Muro de Berlín. Pero no era así. En primer lugar porque ninguna reforma económica, por mejor elaborada y aplicada que sea, puede cambiar en unos pocos años la situación económica de un país: la pobreza es un mal que sólo se combate con riqueza, y la riqueza no se puede acumular de modo suficiente en poco tiempo, necesita ir generándose en un proceso que, de modo inevitable, es algo lento. Ningún país cambia en 5 o 10 años por completo, aunque sí lo puede hacer en el curso de una generación, en 15 o 20 años por lo menos. Ahí está el caso de Chile para comprobarlo: en Chile se mantuvo una política favorable al mercado desde los años ochenta hasta el presente, y ahora los chilenos están cosechando lo que sembraron. En otros países, en cambio, las reformas duraron mucho menos, fueron muy incompletas y parciales, y no hubo tiempo de consolidarlas y de esperar a que dieran resultados. Aunque resultados hubo, no hay que olvidarlo: se detuvo la inflación, se mejoró enormemente el funcionamiento de las empresas públicas que se privatizaron, se logró un cierto avance tecnológico gracias a la inversión privada.

Pero nada de esto resulta suficiente, por supuesto, si no se llega al corazón de la gente, si no se tiene fe en las propias ideas y se promueve un nuevo tipo de política y de moral entre los gobernantes. Los liberales no insistimos lo suficiente en estos puntos, por desgracia, y en todo caso no fuimos escuchados cuando lo hicimos. Ahora estamos viendo que varios países han retrocedido de un modo lamentable y que, nuevamente, habrá que esperar la ocasión propicia para que nuestras ideas sean asumidas y puestas en práctica otra vez. Esperemos que entonces se lo haga de un modo más completo y efectivo que antes y que entendamos que nuestra lucha no es sólo por mejorar la economía y fomentar el crecimiento, sino por crear instituciones sólidas, que favorezcan la libertad de las personas e impidan en nacimiento de nuevas dictaduras.