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Filosofía Objetivista

Benevolencia y Altruismo.


Autor: David Keller


Las acciones benevolentes son típicamente consideradas altruistas, tanto en la moral convencional como en los trabajos de la mayoría de los filósofos.
Esta opinión general se puede resumir del siguiente modo: la benevolencia implica una preocupación por el bienestar de los otros en lugar del propio. En ocasiones beneficiamos a otros a cambio de, o como medio para, cosas que nos benefician. A diferencia de tales actos, la benevolencia genuina se supone que implica una inclinación desinteresada a cuidar y ayudar a otra persona por su bien, en búsqueda de su bienestar no el nuestro. En este aspecto, por otra parte, la opinión general sostiene que la benevolencia es el más puro acto moral bajo el supuesto altruista que la esencia de la moral es el servicio a los otros3. Así, un acto benevolente como ayudar a una anciana a cruzar la calle es una “buena acción”, una fuente de orgullo moral en un modo opuesto a otras acciones comunes como levantarse para ir a trabajar, leer una novela o preparar a los niños para ir a la escuela.
Esta opinión general, entonces, incorpora los siguientes tres supuestos:
(1) Como doctrina, el altruismo es cierto; como practica es virtuoso.
(2) Las virtudes de la benevolencia son altruistas, no egoístas.
(3) Las virtudes de la benevolencia son de gran importancia en la moral.
Como punto de partida en nuestro análisis de la benevolencia, repasemos lo que Ayn Rand y otros escritores sobre su filosofía del objetivismo escribieron acerca de cada uno de estos supuestos.
La primer suposición es obviamente incompatible con la ética egoísta del objetivismo. Rand sostenía que el valor supremo es la propia vida y felicidad; que todos los otros valores, incluyendo aquellos implícitos en nuestras relaciones con otros, son medios para este fin; y que el propósito de la moral es ayudarnos a alcanzar el fin identificando los tipos de metas, acciones y rasgos de temperamento necesarios para nuestra supervivencia como seres humanos. “El hombre debe elegir sus acciones, valores y metas según el estándar de aquello que es apropiado para el hombre, a fin de alcanzar, mantener, lograr y disfrutar ese valor supremo, ese fin en sí mismo, que es su propia vida”4.
Rand rechazó al altruismo como un principio de auto sacrificio, un principio que dice que la meta de nuestras acciones debería ser beneficiar a otros en lugar de a nosotros mismos. “El principio básico del altruismo es que el hombre no tiene derecho a existir para su propio provecho, que el servir a otros es la única justificación de su existencia y que el auto sacrificio es su deber moral, virtud y valor supremo”5. Según esta definición, el paradigma del altruismo es la auto inmolación, como en la historia de Jesús, que murió para expiar los pecados de la humanidad; o el martirio de los santos cristianos; o las exigencias de los lideres totalitarios del siglo XX para que sus ciudadanos sacrifiquen su libertad, prosperidad e incluso sus vidas por el bien de la nación.
Raramente se entiende al termino “altruismo” como requiriendo este tipo extremo de auto sacrificio, y Rand ha sido criticada por atacar un adversario inexistente. Los filósofos usualmente usan el término “altruismo” para referirse a cualquier acto que es en “consideración a otro”, dirigido al bien de otro, dejando abierta la posibilidad a) que podemos apropiadamente actuar en nuestro propio beneficio en otras ocasiones, o b) que incluso los actos altruistas pueden servir nuestros intereses sin perder su carácter altruista. Pero una revisión detallada revelará que bajo cualquier comprensión plausible del término, el altruismo efectivamente implica el auto sacrificio y es por lo tanto incompatible con el egoísmo.
La posibilidad a) está expresada en la idea convencional de que tenemos que dividir nuestro tiempo entre las cosas que hacemos para nosotros mismos y las cosas que hacemos para otros. En tanto las cosas que hacemos para otros se las supone como en conflicto con nuestros intereses, o que quitan tiempo de la búsqueda de nuestro interés, no pueden ser justificadas por un estándar supremo que sea egoísta. Un compromiso con la propia vida y felicidad, observó Rand, es un trabajo de tiempo completo. Cualquier acción que no sirva a ese fin es por lo menos una forma atenuada de auto sacrificio, un uso de nuestro tiempo y esfuerzo para cosas que no nos benefician o que brindan un beneficio inferior al que podríamos obtener mediante otros usos de nuestros recursos.
La posibilidad b) supone que nuestros intereses no necesariamente entran en conflicto con los de otras personas, por lo que una acción o un uso de nuestro tiempo y esfuerzo puede servir tanto nuestros fines como los de ellos. Pero la pregunta todavía surge: ¿Cuál fin es el supremo? ¿Es el beneficiario supremo deseado de mi acción la otra persona o yo? El Objetivismo sostiene que el agente debería ser el beneficiario supremo deseado de sus acciones, ayudando a otros solo cuando el bienestar de ellos sea un medio para el suyo, o un ingrediente en él (un medio constitutivo), tal como en una relación personal muy cercana. El altruismo genuino, en contraste, presuntamente requiere que la otra persona sea el beneficiario supremo deseado de por lo menos algunas acciones, que actuemos por el bien del otro, como un fin en sí mismo. Y esto implica una disposición a actuar en su bien incluso si no servía nuestros intereses. Por lo tanto Rand no estaba atacando un adversario inexistente. Atacaba el principio del altruismo en términos de su esencia, su exigencia de que nos tratemos a nosotros mismos como medios para los fines de los demás, incluso si no todos los defensores del principio están preparados para aceptarlo por completo.
Sin embargo, esta discusión del altruismo deja abierta la pregunta de si la benevolencia es altruista: la pregunta planteada por el supuesto (2). El altruismo gana mucho de su tenacidad como elemento de la moral convencional del supuesto que hay conflictos de interés frecuentes y difundidos entre los individuos. Basado en ese supuesto, el perseguir mi propio interés requiere que adopte una política competitiva y agresiva respecto a los demás, buscando mi ventaja a su costa, explotando sus debilidades y, en el caso extremo, si creo que me puedo salir con la mía, usando la fuerza y el fraude en su contra. Si me abstengo de estas acciones, si trato a los demás benevolentemente, entonces, bajo ese supuesto mi acción solo puede explicarse como un sacrificio de mi propio interés en su beneficio. Por este motivo mucha gente asocia benevolencia con altruismo. Pero Rand rechazó el supuesto que los intereses de gente racional entraban en conflicto en un sentido fundamental. Los valores objetivos requeridos por nuestra naturaleza, los valores que subyacen a nuestros intereses específicos, requieren que procuremos relaciones pacíficas, productivas y cooperativas con los demás: que tratemos a los demás mediante el intercambio voluntario, intercambiando valor por valor, en lugar de la expoliación y la depredación. El intercambio voluntario es un principio de justicia, que Rand considera como una virtud cardinal. En tanto la benevolencia signifique un compromiso a actuar pacíficamente en el trato con los demás, respetando sus derechos y dándoles lo que les corresponde, es una cuestión de justicia, lo cual es una virtud egoísta no un acto altruista.
Rand también reconoció un rol para la benevolencia en el sentido de extender ayuda positiva. En “La Ética de las Emergencias”, dice que la ayuda que damos a gente que apreciamos no es un sacrificio. Para usar su ejemplo, un marido que gasta una fortuna para encontrar la cura a la enfermedad de su esposa no está sacrificándose, suponiendo que valúe el bienestar de ella por sobre otros usos de su dinero. El método correcto para juzgar cuando, y si ha de ayudarse a otra persona, es referirse al interés racional propio y la propia jerarquía de valores: el tiempo, el dinero, o el esfuerzo que se entreguen, o el riesgo que se corra, deberá ser proporcional de esa persona en relación con la propia felicidad. Esta, dice, es una cuestión de integridad (el actuar para preservar las cosas que uno valora) y la integridad, al igual que la justicia, es una virtud egoísta.
Finalmente, como suerte de caso límite, la ayuda a los desconocidos es apropiada en las emergencias, sobre la base de “la buena voluntad y el respeto generalizado que uno debería conceder a un ser humano en nombre del valor potencial que representa....”8. Incluso en este contexto, entonces, la ética Objetivista nos dice que actuemos como buscadores de valor, buscando nuestro interés racional y de largo plazo. La benevolencia, hasta el punto que es apropiada, no es altruista.
Yendo más lejos, los Objetivistas han argumentado que el altruismo es incompatible con la benevolencia genuina. Si la autoestima es una necesidad humana objetiva, entonces no podemos vernos como medios para los fines de los demás, (no podemos aceptar la premisa que la necesidad de otro es una demanda moral sobre nuestros esfuerzos y recursos, anulando el uso de esos esfuerzos y recursos en nuestro beneficio) sin ver a los demás como amenazas y sintiendo hostilidad hacia ellos. Este punto es dramatizado en la descripción en su novela “La Rebelión de Atlas” de la fábrica Starnes, que fue reorganizada por los herederos del fundador según el principio “de a cada uno según su habilidad a cada uno según su necesidad”. Entre las consecuencias de esta política estaba la perdida de la benevolencia entre los trabajadores. “Amar a nuestros hermanos” cuenta el vagabundo que narra la historia a Dagny Taggart, “Ahí fue cuando aprendimos a odiar a nuestros hermanos por primera vez. Empezamos a odiarlos ya que cada comida que tragaban, cada pequeño placer del que disfrutaban, cada camisa nueva de uno, cada sombrero para la esposa de otro, cada salida con su familia, cada pintada a sus casas, se nos la quitaba a nosotros, se pagaba con nuestras privaciones, nuestra abnegación, nuestro hambre...En los viejos tiempos solíamos celebrar si alguien tenía un hijo, solíamos hacer una colecta y ayudarlo con las cuentas del hospital, si resultaba estar corto de dinero por el momento. Ahora, si nacía un bebé, no le hablábamos a los padres por semanas. Los bebés, para nosotros, se habían convertido en lo que las langostas para los granjeros”9
Las descripciones de la vida bajo el comunismo proveen una confirmación real del análisis de Rand. Cuando el auto sacrificio por el bien común se instaló como el principio organizativo de la sociedad, los individuos se volvieron miserables, mezquinos, suspicaces, hostiles.10 Como lo planteó Nathaniel Branden, “La elección es: altruismo o buena voluntad, benevolencia, amabilidad, amor y hermandad entre humanos”11.
Por lo tanto es claro que la ética Objetivista rechaza el supuesto (2) como así también el (1). ¿Que hay acerca de la afirmación final en la visión convencional de la benevolencia acerca de que es una virtud superior? Esta afirmación no puede ser defendida sobre la base del altruismo, pero aún podemos preguntar qué status tiene la benevolencia en la ética egoísta. La posición de Rand en este punto no es clara. Por un lado no incluyó a la benevolencia o ningún concepto relacionado en su lista de virtudes cardinales (la misma lista esta incluida en el discurso de Galt en “La Rebelión de Atlas” y en su ensayo “La Ética Objetivista”).12 En “La Ética de las Emergencias” argumenta que ya que las emergencias tales como incendios, naufragios e inundaciones no son la norma en la vida humana, la ayuda que proveamos a desconocidos en tales situaciones es un tema menor en la ética, y que la disposición benevolente a proveer ésta ayuda es una virtud menor. En una entrevista con la revista Playboy aparentemente amplió esta cuestión más allá de las emergencias, aplicándolo a cualquier tipo de ayuda que podamos dar a otros: “Mi postura respecto a la caridad es muy simple. No la considero una virtud cardinal y, sobre todo, no la considero un deber moral. No hay nada de malo en ayudar a otra gente siempre y cuando merezcan la ayuda y uno pueda ayudarlos. Considero a la caridad como una cuestión marginal.”13
Por otra parte, el concepto de la benevolencia hacia otros no se limita a las emergencias; tiene una aplicación más amplia a las distintas formas de relaciones que tenemos con otros bajo las condiciones normales de existencia humana. Rand jamás escribió acerca de este contexto más amplio para la benevolencia en sus ensayos filosóficos, aunque sus novelas contienen muchas situaciones e intercambios entre los personajes que sugieren que esta virtud jugó un papel significativo en su perspectiva moral.

NOTAS
3 Cf. Lawrence A. Blum, Friendship, Altruism and Morality (London: Routledge and Kegan Paul, 1980), pp. 27, 75. 4 Rand, “The Objectivistic Ethics” en The Virtue of Selfishness, p. 27. 5 Ayn Rand, “Faith and Force: The Destroyers of the Modern World,” en “Philosophy: Who Needs It” (1982; New York: Signet, 1984), p.61 6 Cf. Blum, Friendship, Altruism and Morality, p.10.
7 Rand, “The Ethics of Emergencies” p.52.
8 Ibid., p.53.
9 Ayn Rand, Atlas Shrugged (1957; New York: Signet, 1992), p.614 [620-21] 10 Entre otras memorias de la vida comunista, ver Alex Kozinski, “The Dark Lessons of Utopia,” University of Chicago Law Review 59 (1991), pp. 579-84 11 Nathaniel Branden, “Benevolence versus Altruism” The Objectivistic Newsletter, Julio 1962, p.28.
12 Ver Rand, Atlas Shrugged, pp. 936-38 [945-47], y “The Objectivistic Ethics” pp. 28-30. Las virtudes son racionalidad, independencia, integridad, honestidad, justicia, productividad y orgullo.
13 “Playboy Interview: Ayn Rand” Playboy, Marzo 1964. Ver también Leonard Peikoff, Objectivism: The Philosophy of Ayn Rand (New York: Dutton, 1991), p.239: “Extender ayuda a otros en tal contexto es un acto de generosidad, no una obligación. Ni tampoco es un acto que uno puede tener en estima para alegar virtud. La virtud, para el Objetivismo, consiste en crear valores no en regalarlos.”

David Kelley es Director Ejecutivo del The Objectivist Center (www.objectivistcenter.org). Permiso para traducir y publicar otorgado por The Objectivist Center a la Fundación Atlas para una Sociedad Libre (www.atlas.org.ar).
Traducción de Brian Schmidt.